Cuento · 6 min de lectura
La mujer de las 7:03
Todas las mañanas, como un pequeño milagro del suburbio, aparecía ella. Su casa está en mi camino hacia el parque, a donde cada día me dirigía trotando con la torpeza de alguien que decidió —algo tarde— hacerle caso al cuerpo.
Eran las 7:03 y sale puntualmente de su impresionante casa, al lado de Fuente de Diana, siempre por la banqueta de cemento roto. Dos mujeres de la misma edad, de tradiciones religiosas y familiares distantes, pero vecinas al fin…. Ella llevaba sus audífonos blancos, su falda deportiva hasta los tobillos y el cabello cubierto con una mascada, cumpliendo con las reglas de modestia del tzniut (צניעות), como hacen las judías ortodoxas que habitan en Tecamachalco, donde he vivido por más de 30 años y donde, un poco por ósmosis, he aprendido un poco de sus costumbres y tradiciones.
Su andar distraído, con la mirada evasiva y discreta en una mañana de corredores y paseadores de perros en el parque, ella no pertenecía al paisaje, como si caminara desde otro tiempo. Y sin embargo se movía con seguridad entre los perros y los deportistas de leggings fosforescentes.
No me miraba. Nunca me ha mirado. Pero yo la observaba con la insistencia de quien busca resolver un acertijo que no se atreve a pronunciar. ¿Quién sale a caminar tan temprano, con esa puntualidad de reloj suizo? ¿Qué escucha en esos audífonos? ¿Una canción, una oración, una historia secreta? ¿A dónde va con ese paso firme, sin prisa, pero sin pausa, como si caminara hacia dentro?
Su rostro era pálido, moreno claro, con los pómulos marcados. Y sus ojos —que se asoman amielados y distantes— nunca se cruzaban con los míos. Parecían flotar un par de centímetros más allá de este mundo. Yo, que apenas sabía diferenciar entre judíos sefardíes y ashkenazíes, las dos ascendencias judías en nuestra colonia, no podía ubicarla en ninguna categoría. Solo sabía que, desde que la vi por primera vez, algo en mí se ordenó, como si la esperara.
Una mañana de marzo, cuando las calles están tapizadas por el lila azulado de las jacarandas en flor, noté algo nuevo. Ella caminaba igual que siempre, pero esta vez lleva una libreta abrazada contra el pecho. La protege como se cuida a un objeto muy preciado, un contenedor de secretos y de sueños…
Detuve mi trote, fingiendo una lesión que me obligó a detenerme cerca de ella. Me recargué junto a un árbol, donde estiré lentamente las piernas, y trataba de adivinar el contenido de la libreta. ¿Sería un libro de rezos? ¿Un tratado religioso? Pero entonces, por alguna razón, pensé que se trataba del borrador de una novela, que escribía solo cuando tenía un espacio de soledad fuera de su casa. Imaginaba que era una autora famosa encubierta, que usaba un seudónimo para proteger su verdadera identidad. No tenía ninguna base para suponerlo, solo una intuición absurda: esa mujer que caminaba aparentemente distraída, absorta en lo que escuchaba en sus audífonos, quizá venía construyendo personajes e historias con cada paso. Me la imaginaba garabateando en los márgenes de un cuaderno viejo. Y de noche, cuando todos se han ido a dormir, ella no podía hacerlo hasta que resguardaba en sus notas los personajes y escenas que durante el día fue dibujando en cada interacción con su rutina.
O tal vez no. Tal vez era simplemente era un recetario de cocina kosher. Una receta de jalá para Shabat. Tal vez su mundo era ordenado, previsible, lleno de rituales que yo nunca comprendería. Pero ¿y si si?
Otro día, ya en abril, con el calor comenzando a apretar y las ardillas más atrevidas probando sus brincos entre ramas, la vi detenerse por primera vez. Solo unos segundos. Se apartó del camino, junto a una banca, y contestó el celular. Hablaba en hebreo —al menos eso creí—. La cadencia era rápida, gutural, como si las palabras quisieran desbordar el aparato. No alcancé a oír mucho, apenas fragmentos, pero hay algo en su tono que me desconcertó: no era sumiso. Era firme, enfadado incluso.
La llamada duró poco. Apenas guardó su teléfono, se reincorporó al sendero con el mismo ritmo de siempre. Pero ahora me costaba verla igual. ¿Con quién hablaba? ¿Con su esposo? ¿Su hermana? ¿Una amiga que la decepcionó?
Inventé una escena. Discute con el Rabino. Le pidió poder estudiar algo que no está “permitido”, alguna rama de pensamiento que su comunidad considera peligrosa. O quizás no tiene nada que ver con la religión. Tal vez es más sencilla, más humana. Tal vez peleaba por algo de casa: el gas que no llega, la empleada que no fue, el niño que no se quiere poner los zapatos.
Y, sin embargo, algo en su modo de colgar, en la forma en que vuelve a caminar, me deja una huella. Por un momento, no me pareció un misterio. Me pareció una mujer. La observo y todas las posibilidades en ella me parecen fascinantes y de gran posibilidad…
Las reuniones de Consejo no suelen emocionarme. Son agendas largas, palabras grandes, egos hinchados y poco tiempo para lo esencial. Aun así, acepté asistir como invitada experta al Consejo de una empresa familiar del sector farmacéutico, por invitación de uno de los Consejeros.
Me habían advertido que el nuevo director general era joven, brillante y poco convencional. No esperaba más que otra oficina de vidrio y concreto, varias horas de estados financieros, provisiones e impuestos. Pero al cruzar la puerta de la sala de juntas, fue ella quien me recibió.
Sin audífonos. Sin falda deportiva. Con una blusa formal y falda recta, de telas sobrias pero elegantes. Su pelo cubierto igualmente, sí, pero distinta. Más cuidada. Maquillada y con discreta joyería. Más simbólica que funcional. La misma mujer de las 7:03, pero en otra clave. Era la Directora General.
Nos miramos. Fue un instante apenas. No hubo sorpresa en su rostro, sino una especie de reconocimiento contenido, asintiendo con una breve flexión del mentón. Como si supiera que yo sabía. Como si ella también me hubiera visto, todas las mañanas, desde sus ojos de miel distante. Me extendió la mano con firmeza. Su apretón fue seguro, directo.
—Bienvenida —dijo simplemente, y me sostuvo la mirada como quien lanza un ancla en altamar.
No hablamos más. No nos revelamos. Pero ya no éramos desconocidas.
La reunión ocurrió como si nada. Habló con claridad, con autoridad. Dirigía con temple y escucha. Yo hice lo propio, en mi rol de experta y compartiendo puntos de vista que complementaran su estrategia. Pero en mi mente, todas las historias que le había inventado tuvieron que rendirse a una verdad aún más fascinante: esa mujer, la de las 7:03, era también esta otra.
Ahora ya no invento historias sobre ella. O, mejor dicho: ahora sé que nunca fueron sobre ella. Eran sobre mí. Sobre lo que no comprendía, lo que deseaba, lo que anhelaba ver posible en mi mundo. Me gusta imaginar que, quizás, ella también construía historias sobre mí. Porque en el fondo, ambas habitábamos un mismo silencio —el de las mujeres que caminan temprano, buscando una forma de entenderse.