AS Ensayos y crónicas

Anfitrionar

Por Alejandra Solano

La primera señal de que aquella cena no iba a ser del todo normal fue encontrar mi nombre impreso en el menú. Tenía un lugar asignado en la mesa del prestigioso restaurante “La Ceiba”, junto a Edouard, nuestro anfitrión, rodeado de personal de Rosewood Mayakoba. Era una noche de verano en la Riviera Maya, calurosa y húmeda, rodeados de vegetación de selva, aromas, bichos. De hombros descubiertos y de un despertar del cuerpo.

Muy pronto descubrí que tenía algo en común con las personas sentadas cerca de mí: coincidencias profesionales, lugares donde habíamos vivido, historias que se tocaban. En algún momento empecé a sospechar que las coincidencias no eran del todo coincidencias. Todo parecía haber sido pensado.

La conversación fluía con una espontaneidad bien orquestada. Alguien te contaba una historia; alguien más te presentaba a otra persona porque intuía que tendrían algo de qué hablar. Aparecían platillos, bebidas, historias sobre el lugar. Una invitación a caminar por aquí, a mirar aquello por allá.

Y debo confesar que mi primera reacción ante tanta atención fue cierta sospecha. Esto es un poco artificial, pensé. Después de todo, estábamos rodeados de una especie de amorosos a sueldo. Personas cuyo trabajo era hacerte sentir bien. Y eran extraordinariamente buenos haciéndolo.

El sous-chef se acercó a explicarme que había cambiado el menú para adaptarlo a mi dieta vegetariana. No se trataba simplemente de que hubiera opciones: alguien había pensado en eso antes de que yo llegara. La gerente de Finanzas, después de bromear sobre mi incapacidad para distinguir un tequila de un mezcal, me llevó al bar y pidió dos mezcales. Me enseñó a acercar la copa primero hacia un lado de la nariz y luego hacia el otro, a detenerme, a descubrir aromas distintos. No era parte de su day job. Simplemente sabía algo y quiso compartirlo conmigo.

Pero quizá la historia que mejor lo explica fue la de la gerente de Recursos Humanos. Contó casi de pasada que había coincidido con una huésped en el tocador. Hablaron de maquillaje y del rímel que no terminaba de funcionar con el clima de la Riviera Maya. La conversación podría haber terminado ahí. Pero ella había escuchado. Al día siguiente hizo que la huésped encontrara en su habitación un rímel más adecuado para el calor y la humedad. Nadie se lo había pedido. Eran quizá cinco minutos y un par de llamadas. Lo extraordinario era la dicha con la que contaba haberlo hecho.

A lo largo de la noche empecé a notar algo. Todas aquellas personas tenían cargos muy distintos durante el día: Finanzas, Recursos Humanos, Cocina. Pero esa noche el organigrama parecía haberse disuelto. Todos tenían el mismo trabajo: anfitrionar.

No sé si el verbo existe oficialmente en español. Debería. Anfitrionar no es servir ni atender. Es observar. Darse cuenta de quién está frente a ti y preguntarse, aunque sea durante un rato: ¿qué podría hacer para que esta persona esté un poco mejor aquí? Cambiar un menú. Servir un mezcal y enseñar a olerlo. Recordar algo que alguien dijo en un tocador. Nada monumental. Pequeñísimos actos de atención.

Entonces entendí lo que me había incomodado al principio. Todo aquello estaba pensado, diseñado, incluso entrenado. Yo había confundido esa intención con falta de autenticidad. Como si el cariño verdadero tuviera que ocurrírsenos espontáneamente.

Pero quizá hemos confundido demasiadas veces lo espontáneo con lo auténtico. Preparar una mesa requiere pensar. Acordarte de llamar a alguien también. Elegir un regalo. Preguntar y después quedarte callado el tiempo suficiente para escuchar la respuesta. El cariño, muchas veces, necesita que alguien se tome la molestia.

Recordé a Mama Bear, la anfitriona del campamento de verano al que mi hija asistió durante muchos años en Estados Unidos. Entre las cosas que hacían único aquel lugar estaba el valor de ser “el tercero”: primero Dios —era un campamento religioso—, después tu compañero y al final tú.

Esa idea se volvía concreta en pequeños rituales, documentados incluso en un manual de modales. Uno de ellos era escribir una nota de agradecimiento a tu anfitrión. No importaba si tenías diez años. Había que detenerse, reconocer qué había hecho especial una experiencia y agradecerlo.

En su momento aquellos rituales me parecían ajenos, ridículos, afectados. Quizá porque yo estaba en otra etapa de la vida, contando como bien usado cada minuto en el que hubiera hecho algo, movido ceros de un lado a otro, completado un checklist.

He necesitado llegar del otro lado de los cincuenta para entender lo que Mama Bear sabía hace muchos años: para llegar al otro necesitamos darle corporalidad al afecto. Una nota. Una llamada. Un abrazo. Un plato preparado. Una botella abierta. Cinco minutos de atención plena.

Quizá eso fue lo que reconocí aquella noche en La Ceiba: un mundo donde la atención no estaba dejada al azar. Anfitrionar es hacer del cariño, un verbo.

Fin