Cuento · 5 min de lectura
Bajo el manto de los tilos
Este verano se cumplen casi treinta años desde que una parte de mí se quedó aquí, bajo el manto lila de los tilos de Madrid. Entonces, con la juventud desbordándose por cada poro y la ilusión de por fin empezar la vida adulta, caminábamos por el Paseo de la Castellana. Todo parecía puesto como un escenario para nuestra gran actuación, nos sentíamos como protagonistas de película. Nos rodeaba el verdor, el intenso aroma floral y dulzón de los tilos que, por breves días del verano, perfumaban cada rincón de la ciudad, mezclado con el del tabaco denso que flotaba en el aire. Dejamos del otro lado del Atlántico nuestra niñez y adolescencia; nos subimos a un avión y estábamos por fin en Europa, para empezar a escribir un presente y un futuro a nuestro modo.
Esos días de verano de temperaturas de más de treinta grados, de jornadas de luz de 14 horas más, que extendíamos hasta altas horas de la madrugada en nuestras tropelías en terrazas de Madrid… La ilusión de descubrir lo que había atrás de cada rincón de la ciudad y en cada conversación, era fuente de energía incansable Aquí nadie nos conocía, y de repente podíamos escuchar la voz interior, y reinventarnos en muchas más posibilidades de ser algo más que la hija fiel, la estudiante diligente, la amiga confiable.
Ojos marroquíes, italianos, españoles, me devolvían el reflejo de una joven vital, sensual, alegre y vivaz… Hablaba con fluidez inglés y francés. Me atrevía a probar la moda local y a lucir con plenitud lo que la juventud y el porte natural me permitían. Un verano de explorar el presente y el ahora… Conectada con otro modo de vivir que sabe parar para gozar, para disfrutar picnics en el parque escuchando música clásica, tomar una copa en una terraza en la calle, pasarse la tarde viendo libros y deleitarse con conversaciones con los amigos… De gozar del arte en la calle y en todos lados… De largas sobremesas con un oporto, vermouth o un café irlandés para extender esa conversación. De conversar hasta que nos daba la medianoche y tuviéramos que correr para alcanzar el último metro… De manos que se rozan, de besos que se roban y que te suben la temperatura interior a mil de tanto gozo y tanta dicha que no sabías que existía.
Terminó el verano ibérico que nos sirvió de puente a la posibilidad de la nueva vida; iniciaba ahora la vida académica en Londres, para arrancar un posgrado de administración. El clima, los colores y las responsabilidades académicas nos puso en otro modo. Las clases y las tareas se volvieron el eje de nuestros días. Conectar con 50 nacionalidades en clase, todos todavía en su modo de presentarse como los futuros herederos de Bill Gates, Richard Branson y Michael Dell (los íconos de esos días). Nos invadió la “rat race” de ambiciosos estudiantes del MBA, buscando coleccionar ofertas de trabajo para el siguiente verano. A este ritmo frenético de competencia entre pares, lo endulzaba la ilusión de conocer nuestras culturas, de explorar juntos las bondades de esta ecléctica ciudad que nos rodeaba y discretamente nos seducía con sus grises, con su humor particular, sus contrastes rojos, su “mind the gap” y olor tan único. Aquí, los amores pasajeros dieron paso a largas caminatas con el italiano, el americano, el francés…. Hablando de la coyuntura de carrera, de vida, de acercarnos a los treinta y ese momento definitivo de crecer y “establecernos”…. Estábamos todos entrando a ese momento en el camino de las grandes decisiones que marcarían el resto de nuestras vidas.
Pasaron dos años y tomé otro camino.… Yo elegí el de la carrera profesional, mi carrera en finanzas. Hasta entonces y por muchos años más, fue la columna vertebral de mis decisiones. Seguí ese camino a Nueva York. A ti te dejé en Europa, con tu vivacidad, seducción y espontaneidad. Me llenabas de vida, pero también de vértigo. Me había alejado tanto de lo conocido, del guion familiar, de las señales que reconocía para encontrarme y encontrar rumbo. Regresé a lo conocido, al matrimonio predecible, a vivir en la colonia de siempre, mandar a mis hijos al mismo colegio al que yo fui…. Ajustar a la baja el ritmo profesional, aunque siempre manteniendo la curiosidad y empuje.
Con los años, el cuerpo marcó su propio compás. Cambios sutiles en mi interior, en mi entorno más íntimo, fueron reconfigurando mis coordenadas. Algo se desplazó, como una marea que vuelve a traer a la orilla objetos antiguos. Y con ellos, regresaron la levedad, el deseo de presencia plena, la pulsión por vivir con todos los sentidos: mirada, roce, aroma, sonido.
Hoy he vuelto. Te reconozco. Estás eternamente joven, vital, luminosa. Más hermosa que hace treinta años. Llevas el tiempo puesto como una segunda piel: segura, elegante, presente. Con tus gafas grandes, tu bolso moderno, tus zapatos cómodos y atrevidos. Nos sentamos en la misma terraza donde hablábamos de sueños. Hoy los habitamos, cada una a su modo. Construidos con lo que la imaginación y la pasión nos permitieron.
El aroma de los tilos vuelve a envolverlo todo. No es nostalgia, es reconocimiento. He vuelto. Me miro en tus ojos y sé que no somos dos, sino una: uniendo la que fui, la que soy, la que elijo ser.
Y esta vez, pienso quedarme un rato más. Conmigo.